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a pobreza mosquera

PALACIO DE JUSTICIA

Veintitrés años! veintitrés años de dolor para unos, indiferencia para muchos y olvido para la mayoría.


Por Helena Concha Orejuela

Noviembre 2008

 

Lo acontecido en aquellos dos días de noviembre de 1985, a todos los colombianos nos estremeció hasta lo más profundo de nuestro ser, nos hizo llorar y clamar justicia, para resarcir, aunque fuera en una minima parte, el dolor de los familiares de los inmolados y los desaparecidos en una tragedia que nada positivo aportó para la paz de nuestro país y que con el transcurrir del tiempo ha pasado a ser un hecho más, no sólo de nuestra historia patria, sino sobretodo, un ejemplo de la impunidad que cubre sucesos de esta fatídica índole.

Desde esa fecha hasta nuestros días, los dolientes han escrito artículos, dado declaraciones, han hecho reclamos e investigaciones, todo orientado a esclarecer la verdad e impedir la distorsión de lo ocurrido y así mantener vivo en nuestra memoria lo acaecido y terminar con el “silencio” que ha cubierto este episodio.

Ante el clamor y la insistencia de los familiares de las víctimas, casi veintiún años después, en el 2006, se reabrió el proceso que en algún momento se había iniciado. El esclarecimiento de lo que realmente ocurrió entre el 6 y 7 de noviembre de 1985, por doloroso que sea, abrirá el camino para conocer toda la verdad, tomar las medidas necesarias para la aplicación de una auténtica justicia que lleve al pleno conocimiento de los responsables, terminar con la impunidad y conseguir mitigar en algo el dolor que durante todo este tiempo ha acompañado a los que sin querer se convirtieron en protagonistas de un suceso que nunca debió ocurrir.

El conocer la verdad servirá igualmente para terminar en la indiferencia en que hemos caído muchos, pensando que como siempre éste será un caso más de “investigaciones exhaustivas” y sin ningún resultado positivo. Además, revivirá la fe que se ha perdido en la capacidad que tienen las atrocidades, tanto de investigar como de imponer penas legales a quienes de una u otra manera han violado la ley.

Igualmente permitirá que esta dolorosa tragedia no caiga en el olvido colectivo, sino que por el contrario sirva de lección para que cada uno se empeñe en todo momento y con toda su voluntad en contribuir con su conducta, con sus actos, grandes o pequeños, a la consecución de la paz que tanto anhelamos y que nos ha sido tan esquiva.

Por último y por difícil que sea, hay que pensar que el único remedio que podrá ayudar a mitigar el dolor de las deudas es perdonar, ya que el perdón como lo dice Robin Casarpián, es “una decisión valiente que nos traerá la paz”.

 

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