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en busca del tiempo olvidado

Los colores de PORTO

Aunque Porto es una ciudad popular por su vino y por el puente que Gustave Eiffel construyó para cruzar el río Douro, son los colores y su arquitectura de contrastes lo que realmente la hacen única.

Por Olvido Cero

 

Cuando se despega del aeropuerto de Barajas es evidente que en España predominan las tierras secas, amarillentas y el verde está concentrado en el tono oliva de sus inmensos cultivos. A tan sólo una hora se encuentra Porto, una ciudad que al aterrizar deja ver frondosos campos verdes y playas con tonos azules y arena brillante.

Sin embargo, no es su naturaleza el mayor atractivo. La capital de la región norte de Portugal es única en Europa occidental por su paisaje urbano y sus colores. Todas las casas son distintas, unas tienen cinco niveles, pero menos de tres metros de ancho, algunos muros están aun sin pañetar y no hay dos edificaciones continuas pintadas del mismo color.

Como constante todas tienen en sus fachadas palos incrustados que sirven de tendedero para la toallas, camisetas y ropa en general. Contrario a lo que sucede en otros países en donde los patios o las partes traseras esconden toda la lavandería mientras se seca, o la modernidad ya introdujo máquinas que se ocupen de ello, aquí se templan las cuerdas justo en el frente de las casas y se exponen al público todas las prendas de la familia. Las paredes están decoradas con el color de las camisetas, zapatos, medias, pantalones etc.

Aunque es cierto que hay fachadas deterioradas, con ventanas y puertas selladas con ladrillos y algunos muros agrietados, Porto es una ciudad que conserva la esencia y se diferencia del modelo de ciudad típica europea. Las casas abandonadas por ejemplo, se han convertido en jardines verticales. La naturaleza se encargo de tapar los escombros y convertirlos en enredaderas florales que dan espacios verdes al aglomerado de casas que se amontonan frente al río.

Las calles, angostas y oscuras, son como laberintos que entre curvas y paredes van guiando hasta el malecón donde abundan los buenos platos de pescado y el auténtico vino verde. A uno de sus extremos está el Puente Luis I, diseñado por Eiffel, que con sus inmensas estructuras de acero, es símbolo de la ciudad y protagonista de todas las postales y recuerdos de viaje.

Del puente hacia abajo el azul profundo del río, que aún guarda los tonos verdosos del océano atlántico que le dio vida. Sobre él, varias embarcaciones típicas en madera, con puntas altas y barriles de vino como carga. Del puente hacia arriba el azul del cielo, despejado la mayor parte del año, con unas puestas de sol rosadosas y frescas. Y de frente, la lavandería, las cerámicas y banderas rojas con verde izadas por los porteños.

Por las noches las tonalidades se transforman. El rio se pinta con los reflejos de todas las fachadas y las luces amarillas que iluminan el puente hacen ver el agua negra. La marea, de tan aparente tranquilidad en las mañanas, ahora parece espesa y misteriosa. En los restaurantes suenan los corchos de las botellas y las palomas picotean al lado de los faroles y de las embarcaciones que esperan el amanecer en la orilla.

Cuando sale otra vez el sol, los porteños se levantan a extender la nueva lavandería y darle màs matices a su arquitectura y a su inigualable esencia.

 

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