decoInicioColombiaMundoItinerariosContactodeco
una ultima oportunidad para chipre

Crónica

Aventura circense Bookmark and Share

La mujer barbuda, el tigre de bengala y el hombre cañón están obsoletos. Las compañías como el Cirque du Soleil se preocupan tanto por el talento, la danza y los efectos visuales cómo por cumplir una labor social. En Colombia, por ejemplo, existe un circo pedagógico en lo alto de Ciudad Bolívar que lleva ocho años utilizando el arte y la risa como herramienta de inclusión, entretenimiento y trabajo en comunidad. Conocido como CircoCiudad, la compañía ha hecho diez espectáculos, incluido “la trágica historia del Dr. Fausto” que se estrenó el pasado jueves.

Por María Paula Martínez Concha

Marzo 2009

 

Solo se necesitan mil quinientos pesos para ir desde la calle 170 norte hasta la calle 75 sur en Ciudad Bolívar. En una hora de trayecto cualquier bogotano puede llegar a lo más alto de la localidad e ir al circo. Todo sin poner un peso más.
Hace ocho años que existe esa puerta cultural desconocida. Desde el 2001 la compañía de la Fundación Escuela de Artes y Nuevo Circo –Circo Ciudad- promueve montajes y talleres de habilidad corporal, magia, entretenimiento e identidad. El pasado jueves estrenaron “La trágica historia del Doctor Fausto” de Christopher Marlowe, una adaptación de la vida de Fausto que desde el siglo XVI se ha trasformado con Goethe, Wagner y Grabbe.
Mientras hago la fila para entrar me doy cuenta que para donde se mire hay casas. Se ven colinas y colinas de ladrillo. Es evidente que Ciudad Bolívar no es como los otros vecindarios de montaña. No es una invasión, ni es un barrio. Es casi un diez por ciento de la capital. Son 22194 hectáreas, 252 barrios y más de 600.000 habitantes. Lo que quiere decir que tiene el doble de habitantes que Villavicencio, que le gana a Pereira o Santa Marta por más de cien mil personas y que incluso tiene más habitantes que un país como Luxemburgo. Es, como dice su nombre, una ciudad que esta dentro de otra.
Las palabras de Fernando Vallejo acerca de las comunas en Medellín son tal vez las más acertadas para describir su apariencia: “son casas y casas y casas, feas, feas, feas, encaramadas obscenamente las unas sobre las otras”.

---

En el público no había más de sesenta personas. Muy pocos eran viejos y la mayoría era mujeres y niños. Aunque la historia del mago que vende su alma al diablo a cambio de veinticuatro años de ambición no tiene un carácter infantil, había por lo menos veinte cinco chiquillos corriendo entre las sillas.
Como sucede en los pueblos, todos parecían conocerse o ser familia. A medida que entraban a la carpa iban pasando de fila en fila a saludar hasta que se encontraban con mi cara desconocida.

La luz se apagó de repente. Un gran libro brillante empezó a volar por el escenario y todos quedaron mudos. ¿vendería Fausto su alma? El eterno drama del hombre que ha sido contado miles de veces en el teatro y la literatura parecía tomar otro rumbo en el circo. La conciencia no era dos angelitos de alas y cuernos posados en cada hombro, sino dos acróbatas que colgados de telas hacían piruetas seductoras. El cliché del bien y el mal se vio como un juego corporal con algo de contorcionismo y trucos de poleas.

Como no hay circo sin payasos, entre las escenas salieron dos personajes de zapatos grandes, nariz de ping pong rojo, pantalón a rayas y sombrero. Hicieron imitaciones, se pegaron entre si y contra el suelo, se burlaron de ellos y de los otros y por último terminaron acostados encima de las personas de la primera fila. Los niños y los adultos se carcajearon por igual.

Cuando salio Lucifer empezaron los llantos. La inmensa figura hecha de harapos que voló entre antorchas de fuego espantó terriblemente a los más pequeños. Uno de los bebes gritaba desconsolado. Por fortuna, una de las niñas del público, de no más de cinco años, capúl mono, pantalones y falda de tutú rosada encima, supo romper el hielo y cuando el diablo dijo: “la paga del pecado es el infierno”, ella grito un dramático y largo : noooo!” y todos volvieron a reír.

Justo después, en la escena en que Fausto se condena, comenzó a llover. Se sintieron grandes gotas que pegaban contra la carpa haciendo tanto ruido que la música casi no se escuchaba. Fue un inesperado plus en la ambientación que encajó perfecto en el mundo de tinieblas y oscuridad al que Fausto se enfrentaría.

Con los aplausos, las tablas enclenques que servían de sillas tambaleaban. Los niños de mi lado no paraban de balancear sus piernas con risas y más de una ves me sentí a pocos centímetros del suelo. Cada vez que salían los payasos pensaba en que si escogían esta fila para hacer su número de empujones, todos nos caeríamos.

Al final todos se levantaron a aplaudir y a chiflar. Los niños fueron los primeros en brincar a la arena y revolverse entre los actores. De todos, quien golpeo sus palmas más fuertes fue Rafael Peralta, el director de CircoCiudad. Se acercó con confianza y como buen profesor los bombardeo con preguntas: ¿Cómo se llamaba la obra?, ¿Qué pasó con Fausto? ¿Por qué quería vender su alma?..y por supuesto la primera en responder fue la niña del tutú rosado.
--

Cuando salí de la carpa solo se veían luces. Los muros se hicieron invisibles y era como estar en un hueco oscuro rodeado de puntos amarillos. Parecían miles de luciérnagas que continuaban sin fin. Una Bogotá dentro de la Bogotá a la que estoy acostumbrada a ver.

De regreso el bus alimentador iba frenado. De ida iba llevando un gran carga cuesta arriba y de bajada viene suelto y curiosamente vacío. Por la ventana se ven cientos de locales con interesantes ofertas: minutos de celular a cien pesos, un pollo asado a seis mil y una sede para jugar chance que ocupa tres primeros pisos de casas.

Mientras viajo en Transmilenio por la avenida Caracas pienso en la nota que encontré en Wikipedia. Según su pagina Web Ciudad Bolívar está dentro de los planes turísticos de Bogotá. Cuando la leí por primera vez me pareció extraña y ahora me parecía totalmente absurda. La impresión de cualquiera que visite la localidad es que sus niveles de población son tan altos como su pobreza. Es cierto que existen los centros comunitarios que citan en la enciclopedia, la misma carpa esta en uno de ellos, pero eso no quiere decir que la condición de vida de los vecinos sea motivo de foto para los extranjeros.

Es difícil imaginar a un turista de bermuda y cámara en el cuello, caminando por sus calles. Es más, bogotanos de otras zonas ven en Ciudad Bolívar un suburbio peligroso que no visitan ni siquiera porque llegar sólo cueste mil quinientos pesos.

 

 

Artículos Destacados

Marzo 2009
El periodismo del futuro

El periodismo no es un oficio por desaparecer. El nuevo mercado de información impuesto por Internet lo está trasformando en una labor más profunda, analítica y personalizada. El periodismo del futuro será el mejor periodismo jamás visto...+

Enero 2009
En los tiempos del cólera

La crisis humanitaria que afronta Zimbawe a causa de la epidemia de cólera pone en alerta a la organizaciones mundiales de salud. A la profunda crisis económica y política del país africano se suma una emergencia sanitaria que ya registra más de dos mil muertes en los últimos cinco meses...+

nota

 

Irlanda, la decepción de Europa La economía del éxodo Glifosato: Otra realidad en la frontera entre Ecuador y Colombia Recuerdos al natural