

Edición siete - Septiembre 2009
Colombia es una patria perdida de raíces cortadas. La violencia ha desarraigado la identidad y el lenguaje al punto que el país vive un duelo de relatos incomprensibles. No sabemos contar el conflicto, no hay proyectos conjuntos, ni símbolos de unión. La franja amarilla jamás la encontramos y de la azul y la roja estamos exhaustos.
Nos debatimos de polo a polo entre la memoria y el olvido. Los heroísmos del pasado quedaron enterrados. La María, Macondo y la Casa en el aire son un referente lejano opacados por una realidad tremenda.
Como dijo William Ospina, “los colombianos somos víctimas de los tres grandes males que echaron a perder a Macondo: la fiebre del insomnio, el huracán de las guerras, la hojarasca de la compañía bananera. Vale decir: la peste del olvido, la locura de la venganza, la ignorancia de nosotros mismos”.
Las historias del conflicto representan identidades anónimas. No entienden el cuerpo y el entorno. No hay expresión ni emoción. No hay arte ni literatura. No hay canciones para que no se olvide el sufrimiento, ni fotografías memorables. Solo cifras, datos, números y porcentajes. Miles de sucesos-noticia que nacen y mueren en un mismo día, como si el dolor fuera igual de efímero.
La pobreza se mide en líneas, los asesinatos en porcentajes y la violencia en histogramas. No hay consenso en la teoría, en la academia ni en el periodismo. No sabemos si hay guerra o si es civil, si es guerra incivil o contra los civiles. Hablamos de insurgencia, de beligerancia, daños colaterales, estratagemas y operaciones como tratando de encuadrar la realidad en unos términos rígidos y absurdos. No sabemos la diferencia entre pobreza, miseria e indigencia, a tal punto que recientemente en los noticieros informaron que los índices de la pobreza habían disminuido satisfactoriamente, mientras que los de la indigencia habían aumentado.
No tenemos relatos de país, no construimos memoria colectiva y no lo haremos hasta que no echemos raíces, recuperemos los metarelatos y hagamos de ellos el espejo y el linimento de la realidad.
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