a Pobreza Mosquera La economía del éxodo Aprender para vivir BOOM o KABOOM de piratasPalacio de Justicia



Septiembre 2009
Cada noche mientras los bogotanos duermen siete mil toneladas de basura esperan ser recogidas. Su peso equivale a mil elefantes africanos llenos de restos de comida, latas, botellas, escombros y cartón.
Por treinta años sus entrañas fueron escarbadas por cientos de recicladores que en una carrera contra el tiempo halaron y separaron desperdicios antes de la llegada del camión.
Desde finales del 2008 la máquina traga basura deambula por las calles sin competidores. La Ley 1259 prohibió destapar y extraer total o parcialmente el contenido de las bolsas dispuestas para la recolección. Lo que quiere decir que ningún reciclador puede volver a trabajar y de hacerlo tendría que pagar una multa de hasta dos salarios mínimos.
Así lo cuenta John Jairo Perdomo, reciclador y padre de una de las setenta mil familias damnificadas. Dice, al tiempo que se le brotan los ojos y manotea, que hace tres meses que no toca un deshecho, que le tocó vender su carretilla para convertirse en vendedor ambulante y jamás pensó que a los pobres les fueran a quitar hasta la basura.
El oficio del reciclaje existe desde finales de los años cuarenta cuando la crisis económica, consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, obligó a las industrias a comprar materiales ya desechados. Entonces, con el nacimiento de las grandes fábricas colombianas surgieron los primeros recicladores que, a exigencias del mercado, recolectaron tuercas, tornillos, repuestos de carros, botellas de vidrio y papel periódico.
En ello trabajó la familia Perdomo por décadas. John Jairo nació y creció en el barrio El Cartucho. Sus muñecos fueron cajas de cartón, soñó ser guerrero con espadas hechas de tubos de PVC y jugó al fútbol con botellas plásticas de Coca-cola.Antes de los quince años ya manejaba zorra por toda la ciudad y desde hace diez es miembro de la Asociación Nacional de Recicladores. La más grande de todo el país, con once filiales regionales y ciento diez cooperativas.
Una organización que surgió como fruto del desplazamiento masivo de familias de los botaderos de basura a finales de los años ochenta y que en 1993, después de cuarenta años de existencia informal, adquirió reconocimiento jurídico como una entidad sin ánimo de lucro.
Desde entonces la asociación trabaja en la defensa de un negocio cada vez más complejo. El mercado viene multiplicándose desde los años sesenta y cada vez nuevos productos van a dar al basurero: consolas de video juegos, celulares, electrodomésticos o juguetes. El oficio de los recicladores ha crecido al tiempo que el hombre crea más artefactos a base de fibras plásticas, un material que tarda de mil a tres mil años en degradarse.
“El polipropileno nunca lo debimos inventar” dice el ecólogo Daniel Prieto. Cuando no existía, los envases eran orgánicos. La carne era empacada en una hoja de plátano. En vez de botellas de aceite, se vendían pedazos de manteca y todos los granos se metían en bolsas de costal. Además, no existían ni las latas ni el icopor.
Antes, sin importar la cantidad, la basura terminaba degradándose en la tierra sin dejar casi ningún rastro. Como escribió el periodista uruguayo Marciano Durán, “todo iba a parar al gallinero, a los patos o a los conejos(…) y lo que no se comían los animales, servía de abono o se quemaba”. Era la generación de lo no desechable, “guardábamos hasta el ombligo del primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de los infantes (…) y las Gillete se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar”.
Hoy, la situación es muy distinta. Cada bogotano produce un kilo y medio de desechos por día, dos millones y medio de kilos anuales casi imposibles de desaparecer.
Método artesanal vs. método industrial
Según Guido Villegas, ex gerente del relleno de Doña Juana, las montañas ficticias de desperdicios son una de las mejores soluciones para eliminar desechos. Son unas bolsas selladas a presión que evitan que gases tóxicos salgan a la superficie y que el subsuelo se contamine. “Son perfectos si no cae en ellos un sólo pedazo de plástico”. De hacerlo, se convierten en bombas de tiempo. Las latas y los envases hacen frágil el montículo, lo llenan de gases y de no ser tratado adecuadamente termina explotando y creando un problema sanitario peor que haber dejado la basura regada sobre el suelo.
Las setenta mil familias de recicladores de Bogotá sólo alcanzan a recuperar quince por ciento de los materiales. Es decir, que actualmente se entierra el ochenta y cinco por ciento de desperdicios y la ciudad se expone a una emergencia sanitaria como la ocurrida en 1997 cuando una de esas montañas colapsó y un millón doscientas mil toneladas con tóxicos cayeron al río Tunjuelito y a predios de la vereda el Mochuelo, en la localidad de Usme. La peor tragedia ambiental de los últimos veinte años y por la que el distrito, acusado de negligencia y mal manejo, fue obligado a pagar mil doscientos sesenta nueve millones de pesos.
No obstante los peligros de la técnica del relleno, Doña Juana funcionará por lo menos siete años más, como lo estableció la Corporación Autónoma Regional –CAR- el pasado 18 de mayo. Seguirán entrando las siete mil toneladas de basuras al día acarreadas por los cerca de mil camiones de Lime, Ciudad Limpia, Aseo Capital y Atesa, las cuatro empresas de recolección de Bogotá.
Si hay mil camiones, quiere decir que ingresan cincuenta carros por hora, lo equivalente a un carro y medio por minuto. En este lapso los recicladores tienen que halar cuantos materiales puedan antes que un nuevo cargamento les caiga encima. Es un tiempo tan corto que alcanzar a reciclar quince por ciento de materiales parece entonces bastante.
Sin embargo, es insuficiente. La recolección manual de desechos es una técnica obsoleta en las grandes ciudades. Álvaro Francisco Martínez, ingeniero químico dice, con un tono fuerte y decisivo, que los recicladores están condenados a dejar de escarbar las bolsas. El reciclaje de una ciudad como Bogotá no puede depender de unas cuantas manos que halen frenéticamente material. La industria del reciclaje debe modernizarse y las empresas productoras de plásticos, de metal y de cualquier material no orgánico, deben asumir la responsabilidad ambiental y económica de pagar por la recolección de sus desechos y así reutilizarlos una y otra vez.
Así lo afirma también Lina Patricia Peñuela, trabajadora social para los recicladores. Dice que la ley 1259 de 2008 evita que Bogotá se acerque peligrosamente a los índices y las estructuras de México D.F. Un sistema precario, artesanal, casi incontrolable.
Hace diez años que Bordo Poniente, el basurero de la capital azteca, el más grande del continente y el segundo en el mundo, debió cerrar. Son más de mil hectáreas de terreno defeño con montañas de hasta quince metros de altura amenazando caer sobre la represa de agua de la que se abastecen veinte millones de mexicanos.
Aún existe por que el Sindicato Único de Trabajadores, un gremio de ciento cincuenta mil personas, ha evitado la modernización de la industria. “Don Pablo”, el líder del grupo, los organizó de manera vertical y piramidal. Los maneja como a una mafia y los obliga a trabajar como obreros.
Peñuela es clara en señalar que el gremio bogotano, como el mexicano, ya ha evitado el cumplimiento de normativas ambientales y a pesar de su invisibilidad, es cada vez más fuerte. Recuerda que debido a la presión del grupo, en el año 2002 fue imposible cumplir la ley que prohibía el ingreso de los recicladores a los rellenos. Cientos de familias se amontonaron en la entrada pidiendo el respeto al derecho a trabajar y tuvo que convocarse una reunión en la que los recicladores defendieron ser los únicos que se habían ocupado de la separación de los desechos en los últimos sesenta años y tener intenciones de seguir laborando a pesar de la norma.
Para la socióloga Gloria Inés Camargo, es una reacción apenas normal cuando se desplaza a cualquier trabajador de su oficio. Desde principios del siglo XIX, el hombre ha luchado contra la máquina. Los procesos de industrialización no han incorporado los antiguos trabajadores a las nuevas dinámicas y con la modernización se han pagado costos sociales muy altos.
