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Investigación

Candelaria Amanezada Bookmark and Share

Desde hace 2 meses los habitantes de la localidad de La Candelaria en Bogotá viven atemorizados por las amenazas que circulan en panfletos. Las autoridades sostienen que es delincuencia común, pero eso no alivia el pánico de la ciudadanía, que se había despertado tras conocer el aumento de 500% en las tasas de homicidio de la Localidad, registrado en 2008.

Por María Alejandra Kairuz y María Paula Martínez

Septiembre 2009


“Nuestro objetivo es limpiar la comunidad de La Candelaria”, es la primera declaración del panfleto que desde el 15 de julio de 2009 circula entre los ciudadanos. Cuando, quienes se hacen llamar “Brigadas Civiles Armadas, Comando 17,” los dejaron misteriosamente debajo de sus puertas.

La Candelaria, cuna de la metrópoli, es hoy la localidad más pequeña de Bogotá. Con alrededor de 30.000 habitantes, es el corazón político y cultural de la capital. Allí convergen las tres ramas del poder, varias universidades, y museos, y por ello recibe a diario cerca de un millón y medio de población flotante. Es decir, aproximadamente 18% de la población total de la ciudad, se enfrenta, casi sin saberlo, entre otras, a las amenazas de las Brigadas Civiles Armadas.

El pintoresco sector cada día pierde más color. Humildes trabajadores son robados e intimidados, los jóvenes no pueden reunirse en los parques y los comerciantes cierran temprano sus locales por miedo a ser asesinados, como algunos de sus vecinos. Aquí algo raro está sucediendo.

Mientras llega la anunciada lista negra de bajas de personas que atentan contra la comunidad, la policía del sector no hace un seguimiento especial. Según Pablo Andrés Ruiz, coordinador jurídico de la Alcaldía de la Candelaria y encargado del tema de seguridad en la localidad, hace unos meses algunos policías de la estación 17 “La Candelaria” se infiltraron entre los grupos del sector y concluyeron que eran repartidos por delincuencia común. Esto ha hecho que las autoridades no vean las cosas con la misma preocupación con la que viven los habitantes.

Sin embargo, las cifras de homicidios revelan una situación muy distinta. Nueve de las doce personas asesinadas en 2008 fueron acuchillados o abaleados en la vía pública y siete de ellos no alcanzaban los 25 años.

Panfletos: opúsculos de agresión

Los panfletos son, en pocas palabras, una declaración pública sobre un sistema de vigilancia civil que restablecerá el orden en la zona. Sus autores declaran, con total desparpajo, que no tolerarán más atracos, hurtos, ni mendicidad y que pronto repartirán la lista de personas o grupos que se darán de baja en pro de la seguridad de la colectividad.

Sus autores se reconocen como “gente de bien” que no esta dispuesta a sufrir las amenazas y la intimidación en su barrio y ante la indiferencia de las autoridades y la incompetencia de los Centros de Atención Inmediata –CAI- está decidida a hacer justicia.

¿Pero de que justicia hablan? Desde que estos papeles circulan, los vecinos sienten miedo en las calles, en los bares, en los parques… Prefieren no hablar del tema, ni mencionar a las Brigadas Civiles Armadas. Yesid García, arista de Rimbombante, una empresa privada que desarrolla proyectos publicitarios con jóvenes de la localidad, dice que las plazas y las canchas están solas. Por las noches ya no suelen reunirse los amigos y muchos evitan caminar solos. 

Ángela, en cambio, dice no poder darse el lujo de dejar de frecuentar las calles por la intimidación. Esta paisa, estudiante en el día y prostituta en la noche, ha recibido cuatro cartas llenas de insultos y con un ultimátum para su desalojo del barrio Belén y aún así, cada noche sale a trabajar, arriesgando su vida. 

Convivencia Truncada

La vida tranquila, casi pueblerina de la localidad de La Candelaria se ha trasformado. Según Carlos Buendía, un vendedor ambulante de La Concordia, el barrio siempre había sido familiar y apacible y ahora los rumores corren entre las clásicas calles adoquinadas y empinadas.

Antes de la aparición de los panfletos la seguridad de la zona ya había empeorado. Maritza Jiménez, vendedora de tintos hace más de 14 años en la Plaza de Bolívar, desde hace un año no puede trabajar por las noches. Fue amenazada por dos jóvenes armados cuando iba camino a su casa en el barrio Egipto. Igual le sucedió a Francis Miranda cuando una noche recibió amenazas de un grupo de jóvenes que le robaron sus termos vacíos cerca de su casa en Belén. Desde hace 6 meses prefirió sacrificar la venta nocturna de sus bebidas, vivir con menos recursos, pero seguir con vida.

Desde hace un tiempo, en las fachadas de las antiguas casas coloniales de los aristócratas españoles y criollos, aparecen grafitis que dicen “AUC, muerte a las ratas” y frases similares. Para Buendía, no son más que muchachos rebeldes “mamando gallo”, pero para la gran mayoría, los anuncios en las paredes, son, como los panfletos, una amenaza al bienestar que además, siembran la duda sobre quienes los escriben.

Según informe de la policía, en 2008 hubo doce asesinatos en la localidad, diez más que en el año anterior. La mayoría de las víctimas eran jóvenes entre los 17 y 25 años, que fueron asesinados a sangre fría con repetidos disparos o varias heridas de arma blanca, antes de la media noche.

Ocho de estos casos figuran como resultado de problemas personales y venganzas. La Alcaldía considera que estos homicidios escapan a la vigilancia y control de la fuerza pública y según Ruiz, “son riesgos a los que se expone individualmente la sociedad”. El aumento en los asesinatos no responde a políticas de seguridad deficientes pues estas se han fortalecido en la nueva administración.

El edil Libardo Asprilla, dice que la localidad se encuentra en muy buenas condiciones de seguridad. Sin embargo, la comunidad reprocha las políticas en este tema. Sólo existen dos CAI que están en el centro administrativo, muy alejados de los barrios altos y residenciales. Allí, han denunciado la escaza y esporádica presencia de patrullas sin obtener respuesta. De hecho, la policia disminuyó de 50 a 40 sus hombres para vigilar toda la Localidad.

Aunque es verdad que el aumento de 500% en la tasa de homicidios no es tan drástica si se compara con la de 2005 y 2006, cuando ocurrieron 9 y 10 asesinatos cada año, las circunstancias de su muerte no parecen seguir un patrón de delicuencia común y en el barrio intimidan a la población más vulnerable.

A un artesano que vende joyas y mochilas en la plaza del Chorro de Quevedo nunca le llegó una carta, pero hace tres meses seis muchachos lo acorralaron, le dieron patadas y golpes fuertes en su cuerpo hasta que lo echaron del sitio a la fuerza y antes de unas semanas no pudo volver.

Con o sin panfletos los ciudadanos están expuestos a que las amenazas se cumplan. Para ellos, no es importante si quienes los intimidan son o no delincuencia común, o grupos o individuos que quieren hacer justicia por cuenta propia. Llaman a gritos la presencia de policías que amedrenten a los agresores, así como el aumento de inversión en la seguridad de la zona.

Las autoridades insisten en que son problemas de delincuencia común, pese a que la limpieza social ya fue anunciada y los patrones de los crímenes se asemejan, sino al paramilitarismo, a la manera en que este se gesta.

 

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