

¿Dónde acaba la historia y empieza la memoria? ¿Si hay historia, hay memoria? Pareciera que la capacidad de memoria dependiera del conocimiento sobre la historia. Es decir, que si una sociedad repasa, por generaciones, su historia, entonces tendrá la capacidad de crear lazos entre sí y reconocerse como colectivo.
Sin embargo, los paralelos entre memoria e historia son riesgosos, Ambos hacen referencia al pasado, uno desde la intimidad, otro desde las experiencias sociales y al final los dos parecen alejarse con el único propósito de narrar un mismo relato.
“La memoria es engañosa, pero gracias a su capacidad de olvido, a su poder de
maquillaje de lo ya pasado, nos permite imaginar futuros mejores” dice Alberto Rosa. Cada recuerdo es subjetivo. Es como las fotografías que por más que reflejen la realidad más pura, depende de quien decidió obturar un momento preciso o un sujeto específico.
Entonces, sólo recordar puede ser un ejercicio peligroso si se busca pensarse en colectividad, “corremos el riesgo de olvidarnos de las secciones que pueden aprenderse a través del escrutinio de lo que no nos resulta cómodo de registrar, ni de traer al recuerdo”
Contra ello existe entonces la historia. Una representación fiel de lo que los hombres han construido por generaciones. “En su origen no fue otra cosa que un refinamiento de la memoria colectiva, pero, luego, su desarrollo se separa nítidamente.. La historia no sólo se preocupa del uso actual de los recuerdos recibidos, sino que tiene entre sus imperativos no sólo ser verídica sino también buscar activamente los recuerdos olvidados, el dar cuenta de todo lo sucedido, describirlo y explicarlo.
Pero, y si es cierto la popular creencia que la historia la han contado los vencedores. ¿Qué y cómo recordamos?

