a Pobreza Mosquera La economía del éxodo Aprender para vivir BOOM o KABOOM de piratasPalacio de Justicia



Por Gloria Arias Nieto
Junio de 2009
El 1° de enero del año 1953, una mujer descendiente de inmigrantes italianos, casada con un prestigioso ganadero que había sido nombrado alcalde de Barranquilla –ciudad Caribe al norte de Colombia- tomó en sus brazos por primera vez a su hijo Gabriel, a quien cariñosamente llamarían el alcaldito.
Bogotá, Colombia, mayo del 2009: privado de su libertad, en una habitación de 3 metros por 4, con una cama y un crucifijo, vive desde hace once meses el contralmirante en retiro Gabriel Arango Bacci, el alcaldito, el carismático Príncipe de Mar. En ese espacio duerme, reza, trabaja y espera, el almirante que la noche del 28 de junio del 2007 fue llamado a calificar servicios, luego de 36 años de una radiante carrera en la Armada Nacional de Colombia.
Viajó por mar, cielo y tierra y conoció el frío intenso en el estrecho de Magallanes, la inmensidad de las torres Petronas de Kuala Lumpur y el seductor encanto de los Campos Elíseos; el recogimiento de la tumba de Gandhi, la contrainteligencia de Washington y el flamenco enfático de los tablaos madrileños. Y descubrió hace dos años los girasoles de Givizzanno, el pueblo de la Toscana donde nacieron sus abuelos, antes del horror y el dolor de la Primera Guerra Mundial.
Ya en la Segunda Guerra, su abuelo, su mamá y Hugo Puccini -el primo sacerdote- viajaron de Italia a Colombia. El abuelo se radicó en Barranquilla, donde trabajó como comerciante, y el padre Puccini se hizo monseñor; hoy es el obispo de una preciosa población de geografía desafiante, entre la Sierra Nevada y el Mar Caribe: la ciudad de Santa Marta.
Todos en la Armada decían que Gabriel Arango sería el próximo comandante de la institución; que su rectitud y señorío y una impecable hoja de vida, lo llevarían a surcar los océanos con el más alto rango al que puede aspirar un hombre de mar. De repente, el castillo se desboronó, como una casa en el aire, en medio del vendaval.
El poeta nadaísta Gonzalo Arango, dijo una vez que "Colombia es un país rodeado de mares por todas partes, menos en el corazón de sus Marinos donde la patria es amor". Ese amor, sumado a una conciencia en paz, ha hecho que Arango Bacci no desfallezca, ni albergue rencor, ni pesadumbre. Once meses apartado de su hogar, de su libertad, de sus hijos y sus triunfos, habrían sido suficientes para nublar el más valiente de los espíritus. Pero todos los días, Arango saca fuerzas de la oración, de su mujer, de sus amigos y recuerdos, para demostrarle a su institución, a su patria y su familia, qué el no vendió el honor. Que los ciento quince mil dólares que lo acusan de haber recibido de los narcotraficantes, son calumnia de sus adversarios, y que sólo volverá a la libertad cuando se despeje para él esa puerta digna y grande, que le abrirá la demostración pública de su inocencia.
La Fiscalía tiene evidencia de la falsedad de las pruebas que aportaron para hundir al almirante; tiene constancia de la dudosa reputación de quienes han atestiguado en su contra, y en la intimidad de su conciencia, debería saber que la detención de Arango es uno de los más aberrantes casos de falsos positivos reportados en Colombia. Lamentablemente, éste es un país que frecuentemente deja a la deriva los límites entre el engaño y la verdad.
En una maniobra irregular, el fiscal general de la nación le dio a los medios de comunicación la noticia de la acusación que pesaba contra Arango, antes de informárselo a él. Gabriel, entonces, pidió a sus hijos que le acompañaran a entregarse a las autoridades. A los muchachos sólo les hizo una petición: no derramar ni una lágrima, porque su papá era inocente, y no tenían nada de qué avergonzarse. Han pasado once meses, y en un juego macabro de envidias y orgullos inquebrantables, la justicia se ha escondido en las trampas del poder.
Mientras tanto, en el colegio la Alborada de Cartagena, una niña de seis años recién cumplidos, espera todos los días que al regresar a casa, pueda encontrar a su papá, quien –a sus ojos- está cumpliendo en Bogotá un trabajo difícil e importante. Cada seis semanas la niña viaja a la capital, a recibir de su papá ese abrazo indispensable, que le viene dando desde antes de nacer.
Conocí a Gabriel en febrero del 2003, cuando fuimos compañeros en el CIDENAL, (Curso de Defensa Nacional) que imparte la Escuela Superior de Guerra.
-Glorita, –me decía Gabriel- a esta edad yo debería estar pensando en ser abuelo, y ¡Catalina está embarazada! Pero yo, a esa peladita, ¡la adoro desde ya!
Su esposa Catalina es una abogada de abolengo antioqueño, alta y recia; no lo ha desamparado un minuto, y por sus tres hijos ha tenido que aprender a disimular su ira ante la injusta reclusión de su marido. Su padre es un ícono, en una de las más pujantes y emprendedoras regiones de Colombia, y le ha dado a la familia un soporte fundamental en estos tiempos de turbulencia.
Gabriel quedó huérfano de padre a los 14 años de edad; y desde hace un tiempo sin cuenta ni reloj, su mamá cruza noche y día la línea límbica entre la conciencia y el olvido: un Alzheimer terminal le ha permitido ignorar la adversidad de este último año, y la imagen de su hijo sigue siendo la del hombre guapo, impecable en su uniforme pulcro y blanco; el mismo marinero que viajó dos veces a bordo del buque con la vela más grande del mundo; un buque tipo Bergantín Barca, con tres palos, y un emblema de honor en el corazón de sus maderos: El Gloria; el Buque Escuela de la Armada Nacional de Colombia, que parece sacado de un libro de cuentos, y ha hecho un recorrido equivalente a darle 24 veces la vuelta al mundo. Huele a sal, a viento y a una línea del horizonte infinita y azul.
Con sólo parpadear, volvemos a la realidad: estamos en el Cantón Norte de Bogotá: una guarnición militar con viviendas fiscales de clase media, una iglesia imponente, rejas y talanqueras; escoltas, soldaditos del campo, banderas y requisas. Gabriel puede desplazarse por todos los rincones del cantón, siempre y cuando vaya acompañado por un escolta. Juega tenis, asiste a clases de sistemas, y reza, reza mucho.
Dios se ha convertido en su más fiel interlocutor, su guía y Señor. Las noches son largas, solitarias y frías. La peor de todas, la primera, cuando Gabriel sintió que tener su honor en entredicho, y haber perdido la libertad, era como haber quedado sepultado bajo los escombros de un edificio.
El general en retiro Jesús Armando Arias Cabrales, y el coronel en retiro Alfonso Plazas Vega, han sido sus compañeros de tertulia, de reclusión y de cientos de preguntas que casi siempre se quedan sin respuesta. Han compartido el doloroso brindis de una navidad en cautiverio; la pena de ver a sus mujeres tristes y valientes; las interminables sesiones con los abogados, con los medios de comunicación, y con los reporteros de la memoria.
Arias y Plazas fueron recluidos en el Cantón Norte, después de 24 años de uno de los capítulos más violentos y dolorosos de la historia reciente de Colombia: la toma, por parte del grupo guerrillero M-19, del Palacio de Justicia; y posteriormente, la re-toma, por parte del ejército, cuando en un fallido intento por restablecer la seguridad bárbaramente quebrantada por los insurgentes, un tanque de guerra dejó un roto enorme, clavado en los muros y en la conciencia de los encargados de preservar el orden público de Colombia.
Desaparecidos, fosas comunes y cadáveres de NN, siguen atormentando la remembranza colectiva de las familias de las víctimas, de los rectores de la política y la seguridad nacional. Ni el más eficiente cuerpo de bomberos, sería capaz de extinguir para siempre aquel incendio de horror y muerte, que ni siquiera fue opacado por el drama de Armero, la población colombiana sepultada por el lodo volcánico, a escasos 8 días del holocausto del Palacio.
Son muchas las cenizas que flotan en el Cantón Norte: Las de los soldados muertos en combate; las de los errores cometidos en las múltiples orillas de la guerra; las de una violencia crónica que una y mil veces ha roto las venas de Colombia. Ahí, entre el respeto solidario de los guardias y los saludos tímidos o fraternos de los soldados, vive Gabriel. El hombre que tuvo a su cargo un presupuesto de más de 90 millones de dólares, cuando en el 2006 recibió del Presidente de Colombia, Álvaro Uribe, la misión de sacar adelante los Juegos Centroamericanos y del Caribe -misión que fue cumplida a cabalidad con un éxito impecable-. Ahí vive quien fuera director de la Escuela Naval de Cadetes; presidente de la Corporación de Ciencia y Tecnología de los Astilleros de la Armada; ingeniero naval del Gloria, y edecán del Presidente Andrés Pastrana. Ahí vive el almirante que ejerció con altura y dignidad estos cargos, sin que quedara sobre su gestión el más mínimo manto de duda.
De repente, cuando para algunos resultaba incómodo su ascenso inminente, apareció de la nada un recibo con una huella dactilar falsa y una firma fotomontada. Según el recibo, el cartel de narcotraficantes de Cali habría sobornado con 115 mil dólares al almirante Arango, en un lío horrible de cartas de navegación falsas, que involucraban a la DEA, altas esferas venezolanas y mafiosos colombianos.
Arango le ha pagado a su abogado, cuantiosos honorarios, que han salido de su bolsillo; ha enviado cartas, ha dado declaraciones, ha concedido entrevistas; ha jurado su inocencia desde el púlpito de la capilla del Cantón Norte, y ha tenido que soportar el dolor de una familia atomizada entre Canadá, Cartagena y Bogotá. Pero, tal como lo aprendió de adolescente en la Escuela Naval, primero muerto antes que rendirse al enemigo. En su caso, el enemigo tiene varios rostros y ni un solo cuerpo: el rostro de la injusticia, de la arbitrariedad y la envidia. Una medusa (según la mitología griega, la única gorgona mortal, la horrible hija de las dos deidades marinas Ceto y Forcis) le arrebató la paz, las ceremonias, los uniformes, y esa magia de ver cómo crece la vida en el alma y la piel de los hijos.
-Cuando quede en libertad no pienso salir corriendo. –Dice Gabriel- Mucho más que la Armada, el Ejército me ha dado la mano en los momentos más luctuosos de mi vida, y ésta ha sido mi casa.
Es una casa que ocupa varias manzanas del norte de Bogotá; una casa inmensa con potreros, universidad, auditorios y bibliotecas, donde Arango puede respirarlo todo. Todo, menos la libertad.
Saborea en la memoria un helado de almendras y vainilla. Evoca los dulces besos salados del mar de Ixtapa, Zihuatanejo, en México, a donde viajó en su luna de miel, un 12 de diciembre, día de la virgen de Guadalupe; a ella se ha encomendado con devoción, en sus más de 300 noches de tormenta, en tierra firme.
El hombre del uniforme blanco a la orilla del mar; el del uniforme negro para las ceremonias de gala, tiene hoy un suéter azul y una afeitada de ayer. Pero conserva el mismo abrazo, la misma impronta de un ser humano que no tiene nada que ocultar; y con esa mirada entre verde y castaña, como de una miel que cambia de brillo con los recuerdos y la luz del sol, Gabriel pide una sola cosa: que Dios le siga dando fuerza y paciencia, para esperar sin desahucio que se haga justicia.
En la salita donde pasa largas horas navegando por internet y viendo noticieros, el tiempo parece cuadrado y estático. Los muebles, los espejos, los arabescos, todo parece una escenografía con un dejo de decadencia; es un decoro con una estética anónima, cómoda y fría.
Prendemos el televisor. Se anuncia oficialmente que el Ministro de la Defensa, Juan Manuel Santos, deja su cargo. Pero nada indica que antes de hacerlo, tenga el gesto de grandeza, de admitir el error de haber permitido una cacería de brujas, contra el Almirante estrella; y ya ni el fantasma literario de Marcel Proust, podría llevar a Gabriel en busca del tiempo perdido. Pero las altas Cortes y la Fiscalía, tienen la obligación y la potestad de llegar a la verdad, y devolverle una travesía en paz; su hogar entero, libre y sereno, a la orilla del mar.
El almirante sigue y seguiré en pie. Él sabe que la libertad será el viento, y el velero volverá a navegar.
