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Chatarra de mendigos, botín de príncipes (parte 2) Bookmark and Share

Por María Paula Martínez Concha

Noviembre 2009

Ver artículo anterior. Chatarra de mendigos, botín de príncipes (1)

¿Si los recicladores se han encargado tradicionalmente del reciclaje, por qué no son tomados en cuenta ahora que la industria se moderniza?

Guido Villegas, ex gerente del relleno de Doña Juana, dice, que en el país, como en el mundo, las basuras se convirtieron en un negocio muy rentable que dejó de ser interés sólo de los pobres. En Italia por ejemplo, la mafia de la Camorra se ha ganado ciento ochenta millones de euros desapareciendo catorce millones de toneladas de basura de Europa en los últimos doce años.

En Colombia, cada ciudadano paga por el barrido y la recolección, pero no por el reciclaje ni por la separación. Con la nueva regulación, el negocio pasaría a ser un costo extra en las facturas de los colombianos, y una fuente inagotable de ingresos para las nuevas empresas. Se empezaría a cobrar un servicio que lleva sesenta años siendo casi gratuito para la sociedad.

Tras dicha fortuna hay en el país dos compañías principalmente. Recursos Ecoeficiencia S.A., propiedad de Tomás y Jerónimo, los hijos del presidente Álvaro Uribe Vélez, e Interaseo, donde participa William Vélez Sierra. El empresario involucrado en el negocio de las artesanías, quién ganó la concesión del corredor vial Bogotá-Girardot-Cajamarca y que participa en la construcción del nuevo aeropuerto EL Dorado y en el tercer canal de televisión.

Recientemente, las dos eco empresas se vieron inmensamente beneficiadas con la ley 1259 de 2008. En una competencia inequitativa han logrado, desde diciembre, contratos con grupos como Coca-Cola y Bavaria, que antes mantenían alianza con losrecicladores.

Nora Padilla declaró, en una entrevista con la periodista Juanita León, que Ecoeficiencia desplazó rápidamente a los recicladores de la zona franca. Dijo también, que hace dos meses, en su calidad de líder de los recicladores de Bogotá, le propuso a Tomás y Jerónimo contratar trabajadores de su cooperativa y aún no le han dado respuesta.
En Cali la situación fue similar. A mediados del 2008 se cerró abruptamente el botadero de Navarro donde trabajaban seiscientas familias de recicladores y se abrió una convocatoria de licitación de la zona norte apta sólo para empresas.

Por fortuna, el pasado tres de junio la balanza se inclinó atípicamente hacia la minoría y la acción de tutela interpuesta por el gremio de recicladores caleños logró frenar la licitación. Auxiliados por la fundación Civisol, una organización no gubernamental que trabaja para cambiar normas culturales y jurídicas que generan exclusión, lograron que la Corte Constitucional ordenara parar la licitación que tenía como candidato favorito a William Vélez Sierra y consiguieron, además, que el Alto Tribunal ordenará a la Alcaldía y la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca presentar un proyecto en un término de seis meses en el que incluya “a los recicladores de Cali en los programas de recolección, aprovechamiento y comercialización de los residuos que proteja a los empresarios y fortalezca y las formas de organización solidaria”.

Ello demuestra que aunque sea cierto que el proceso artesanal no alcanza a cubrir grandes dimensiones de basura y por el contrario puede ser causante de desastres medio ambientales, la modernización de la industria debe pensar en las personas que tradicionalmente se dedicaron al reciclaje. También evidencia que no se puede subestimar el oficio y pensar que era un asunto de desechables o mendigos mal aventurados.

Durante años la basura no tuvo valor. A ningún encorbatado parecía importarle qué había en la bolsas o si los desechos debían ser reutilizados, y nadie se opuso a que toneladas de desperdicios fueran tiradas a un hueco a las afueras de la ciudad. Los recicladores o basuriegos fueron por más de sesenta años los únicos que se ocuparon de hurgar bolsas, separar lo podrido del material reutilizable, al tiempo que ayudaron a la protección del medio ambiente y a la reducción de los costos de producción. Lograban, aunque fuera de manera rudimentaria, formar a diario, toneladas de papel y cartón, de lata y metales y canastas de botellas y cristales. Todo, a cambio de unos cuantos pesos.

Como dice Daniel Samper Pizano en su columna de opinión, “La deuda que tenemos con los basuriegos es impagable; ahorraron vertederos y ayudaron a la industria” y es un responsabilidad no sólo de la misma lógica del mercado, incluirlos en las nuevas empresas de reciclaje. “Si alguien tiene derecho a vivir de los desperdicios son los basuriegos. Antes que atender a ávidas ecoempresas, es deber del Estado ofrecerles a ellos remedios reales, no soluciones basura”.

Y mientras el mundo entero se esfuerza por encontrar nuevas formas de desaparecer las basuras, más lugares donde poner bolsas fétidas y la forma en convertir hasta la chatarra en un negocio rentable, Antonio Casafus se jacta de conocer la solución a las tensiones.

Es un residente del barrio La Soledad de Bogotá, que decidió convertir su casa en el Museo de la Basura. Cuando tenía veinte años desistió de ser un estudiante de bellas artes de la Universidad Sorbona de París, y se convirtió en un clochard o un desechable. Se dio cuenta que sus necesidades materiales eran absurdas, que se había acostumbrado a vivir rodeado de lujos y dejó de ser “un hombre alienado a la sociedad de consumo”.

Es un colombiano de sesenta y un años que exhibe en su casa chatarra, botellas sucias, latas de cerveza arrugadas, para, según dice, mostrarle a la sociedad toda la porquería que produce. Que cree que el problema tal vez no son las basuras sino la lógica de un mercado neoliberal y absurdo. Es decir, que la basura es la consecuencia y no la causa de un conflicto económico y social.

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