
-----------------------------------------------------------------------------------------------------
Colombia, la patria de raíces cortadas y nación fragmentada, lucha por contar, ser contada y contarse a sí misma. Intenta, aunque no lo suficiente, de construir memoria, de dar cuenta del conflicto que la desgarra y construir relatos que permitan comprender por qué en este país se puede vivir o sobrevivir con dignidad.
No trata de contar la guerra. ¿para qué? Si ya los medios de comunicación se han encargado de dar las cifras, las bajas, los secuestros y reducir todo a números para tratar de materializar lo imposible. De contar la verdad, cuando en la guerra la verdad hace parte de la mentira, todo fluye y se desvanece. No hay una sola verdad, no hay un solo número y no hay un solo relato. Por el contrario, hay un flujo constante y fragmentado de realidades, de ritos, de costumbres y de símbolos que agrupan a la gente, que une, así sea superficialmente, a los colombianos que desde que nacieron intentan comprender la Colombia que les tocó.
Trata entonces de contar y crear memoria. De contruir metarelatos, no desde un sentido patriótico banal como "Colombia es pasión", sino desde los pequeños ritos que nos unen día a día. Desde los escenarios cotidianos que nos hacen colombianos por que todos hemos comido sancocho, pandebono o herpos, nos hemos bañado en el rodadero, anhelamos con que la selección alguna vez vuelva al mundial, criticamos la canción de collar de perlas finas pero vemos cada noche la novela de Marbelle.
Por eso, en cambio de contar víctimas, secuestrados o guerrilleros, lo que el país demanda es dar cuenta de su conflicto, no solo el de la selva sino el social, el emocional, económico...Hacer historias, relatar para entender que nada es posible sino se verbaliza, por que contar es como una catarsis que permite comprender el porvenir. Es una estrategia narrativa de supervivencia que hace que se espanten los miedos y crezcan las ilusiones.
