

Son muchas las víctimas de la violencia en Colombia y muy poca la capacidad de memoria de los ciudadanos. Contra ello se desarrollan actualmente dos propuestas que con ayuda de piedras y palmas denuncia la impunidad y exigen justicia.
Octubre 2008
Sobre la palma de cera de Juan Carlos Narváez dice: "no sé quiénes son más infames, si los que nos secuestran o los que nos olvidan” y sobre la de Álvaro Quintero, otro de los once diputados muertos en cautiverio el 18 de junio de 2007: “un abrazo inmenso a los que aún se acuerden de mi”. Estas frases hicieron parte de la última prueba de supervivencia del grupo y en la ceremonia realizada el pasado 17 de Junio del 2008, pasaron a ser las marcas de cada una de las palmas donadas en su honor.
La palma de cera que es reconocida como el árbol nacional colombiano, se escogió también como un símbolo de la violencia del país. Los once árboles fueron plantados en el parque de la Independencia, uno de los más tradicionales de la capital, construido en 1910 para celebrar el primer centenario de la independencia de Colombia. La donación estuvo a cargo del Jardín Botánico, y después de ser expuestas en la Plaza de Bolívar, con fotografías y cartas, fueron llevadas al parque ubicado en la zona centro de Bogotá. Según la alcaldía, el homenaje es una denuncia contra los desastres de la guerra y una muestra de solidaridad con los familiares del grupo secuestrado por las FARC, el 11 de abril del 2002 y asesinado en un fuego cruzado aún no esclarecido.
En el nor-occidente del país se desarrolla actualmente una iniciativa similar. En el departamento de Antioquia, en la Comunidad de Paz de San José de Apartadó se recogen fondos para construir un parque monumento, en honor de los casi doscientos de sus campesinos, víctimas de la violencia. Según sus líderes, el proyecto se basa en la idea que: “la memoria no es quedarse en el pasado ni en una comunidad de muertos, por el contrario la memoria es posibilidad de vida. En primer lugar porque recoge las acciones de vida de los que fueron asesinados y se vuelven contribución en la dinámica vitalizadora de la comunidad, en segundo lugar porque los asesinados no se encuentran muertos, se encuentran vivos en los avances de la misma comunidad, vivir en memoria no es vivir en el pasado, es asumir el pasado como una constancia histórica en la cual el terror y el horror no pueden volver a darse”.
Los osarios de cada uno de los antiguos habitantes delimitaran el parque y serán un nuevo espacio de encuentro y reflexión del sentido de la resistencia pacifica. Cada uno tendrá una biografía pequeña y guiará a una rotonda principal con tres cúpulas que tendrán fotografías y objetos personales de los fallecidos desde la creación de la comunidad, en el año 1997. En los caminos se colocarán biombos con documentos de otras resistencias en el mundo y reportes sobre la protección y la defensa de los derechos humanos. El parque será una forma de renovar los montículos de piedras pintadas de colores, que desde hace once años, se fueron apilando en el centro de la comunidad.
Estas dos iniciativas son en conclusión, un aporte a la construcción de paz del país. Lo anterior no quiere decir que se esté actualmente en un proceso real de paz o que se esté mas cerca de poner fin al conflicto armado. Sino, que como herramientas de memoria, son indispensables para la reconciliación nacional. Los familiares de la víctimas y todos aquellos que de una u otra forma han vivido los estragos de la violencia, merecen y necesitan justicia y reparación, no impunidad y olvido.
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