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resistencia invisible

Resistencia invisible

En Colombia el discurso antiterrorista no toma en cuenta a las comunidades que trabajan por el respeto al derecho a la vida, la dignidad humana, los derechos étnicos, territoriales y la recuperación del tejido social. ¿Por qué la resistencia pacifica en Colombia es un fenómeno invisible para muchos sectores?

Por Olvido Cero

Octubre 2008

Cuando en otras partes del país, el gobierno y las FARC discutían la existencia de una zona de ocupación guerrillera o zona de despeje, trescientos campesinos firmaron un acuerdo de neutralidad, que más tarde se convirtió, en lo que hoy conocemos como la Comunidad de Paz de San José de Apartadó –CpSJ-.

En el año 1997 con el apoyo de monseñor Cancino nació en el Urabá, departamento de Antioquia, al nor-occidente de Colombia, un nuevo grupo de resistencia pacifica campesina. La reacción de los grupos armados no se hizo esperar y desde el inicio fueron múltiples las amenazas. Incluso, el mismo gobierno ha manifestado varias veces los deseos de disolverla pues según las palabras del presidente Uribe, la comunidad auxilia y protege a la guerrilla terrorista de las FARC y como rechaza la fuerza pública, es un limite a las libertades y a la justicia nacional.

Jesús Emilio, campesino y fundador de la comunidad contradijo diciendo que no hay en Colombia otro grupo que desde la neutralidad y el discurso pacífico, resista y denuncie tan claramente la impunidad estatal y los crímenes de todas las fuerzas armadas del país. Y aseguró que a pesar de su invisibilidad y sus riesgos, la comunidad es un actor de paz que no va a detener su lucha pacífica.

A nivel internacional han contado con el apoyo que falta en el interior. En Bruselas, por ejemplo, se llevó a cabo el pasado 28 de febrero del 2007 la manifestación “Contra la impunidad de los crímenes cometidos en la comunidad de paz en Colombia” en donde decenas de ciudadanos belgas levantaron carteles de apoyo frente a la embajada de Colombia y exigieron al gobierno el respeto del derecho internacional humanitario y a las recomendaciones de la ONU. Más tarde en noviembre, un grupo de periodistas franceses, liderados por Daniel Mermet, realizaron un reportaje sobre Colombia y de los catorce episodios emitidos en el programa radial “La-bàs si j´y suis”, dedicaron tres a la comunidad.

Mermet y su grupo incluso acompañaron a los habitantes de la Comunidad en su marcha de doce kilómetros hacia la ciudad de Apartadó. Casi tres horas de reportaje en vivo grabaron a las familias, el padre jesuita y líder Javier Giraldo y la ex alcaldesa de Apartadó Gloria Cuartas, en su denuncia de las últimas muertes de campesinos miembros.

Como muestra de luto, la CpSJ pintó cuatro nuevas piedras para acompañar a las otras casi doscientas que forman el monumento de honor a las víctimas de once años de lucha. Según sus habitantes cada una de ellas reivindica el discurso del trabajo comunitario y el rechazo al uso de la fuerza, y unas como la de Luis Eduardo Guerra, también recuerdan la impunidad y la mentira.

La identificación de los culpables de la muerte Guerra, líder de la comunidad, su familia y otros cuatro campesinos el 21 de Febrero de 2007 desató un debate público. Según Javier Giraldo, fue un crimen de estado en el que miembros de la brigada XVII del Ejército Nacional de Colombia mataron a sangre fría a los ocho campesinos. Carlos Alberto Ospina, comandante de las fuerzas armadas, argumentó que no había presencia alguna de sus soldados en la zona. Según el gobierno, Luis Eduardo Guerra era guerrillero de las FARC y fue asesinado por el mismo grupo al querer desertar. Los pobladores de la zona, incluido el cuñado del difunto que logró escapar, denunciaron que el 19 de febrero el Ejército Nacional había llegado a la vereda la Esperanza, en San José de Apartadó, y dos días más tarde detuvo personalmente al líder, cuando intentaba volver a su parcela.

 

Otras resistencias

 

En 1998 en el municipio de Samaniego, departamento de Nariño, nació una mesa de paz con objetivos muy similares a los de la CpSJ. Después de realizar diversas marchas y manifestaciones, se declararon territorio de paz y de lucha de libertades y derechos. La mesa estuvo conformada por representantes del sector público, privado y voceros que desde ese momento aseguran un espacio dinámico de conciencia y trabajo ciudadano.

Posteriormente, en el mismo mes de la masacre que hizo visible a San José de Apartadó, otros pueblos salieron del anonimato gracias a la guerra. Micoahumado y La Guásima eran dos nuevas poblaciones en el mapa de muchos colombianos, que resistiendo, demostraron su anhelo de porvenir. En el sur de Bolívar, lograron que el ELN desminara quince kilómetros de carretera y les desbloqueara su futuro. El 2 de Febrero del 2005, con música y cabalgatas familias y sobrevivientes levantaron sus muletas para poner fin al cerco que limitaba sus sueños y su movilidad.

Son más de cien núcleos los que actualmente están reunidos trabajando para la recuperación del tejido social, el fortalecimiento de prácticas no violentas y rescate de la cultura y los valores. En la Guajira, Nariño, Tolima, Magdalena Medio, el Bajo Atrato, Bolívar y Urabá, entre otros, existen organizaciones campesinas e indígenas que desde haca varios años rechazan toda manifestación de violencia. ¿Por qué no es mayor el valor y el reconocimiento de estos grupos?

Podría pensarse que una sociedad como la colombiana, que ha sufrido los desastres de la guerra y las opresiones por más de cuatro décadas tomaría como ejemplar, que del seno del campesinado, surgiera una lucha organizada, solidaria y enfocada hacia el respeto de la dignidad humana, la vida y la tierra. Sin embargo la realidad parece muy lejana. El mal desarrollo de procesos de negociación pacifica en el pasado, el discurso antiterrorista mundial y cuarenta años de violencia han logrado que la agenda nacional priorice políticas de mano dura. Además, el poco eco de los medios de comunicación ha generado desconfianza y desconocimiento. La marcha de Apartadó por ejemplo, fue distraída por las reinas de belleza que desfilaban ese mismo día en Cartagena de Indias y la masacre del 2005 en la CpSJ fue tratada como un nudo de contradicciones.

En el año 2002, en el marco del Congreso Nacional Paz y País 2002, Gloria Cuartas dijo "La resistencia es la construcción ética de los movimientos que nos ayudan a proteger la vida, los derechos humanos, que nos ayudan a proteger los territorios (...). Pero ante todo es una actitud que requiere coherencia en lo privado y en lo público".

Cinco años más tarde es poco el avance en la coordinación, el entendimiento y el apoyo a la lucha pacifica en Colombia. Las contradicciones y la desinformación fomentada por los medios de comunicación han logrado para la CpSJ y los otros grupos, desprestigio e invisibilidad. A pesar que ya son varios los años de consolidación y lucha, la sociedad colombiana poco conoce sobre el día a día de estos campesinos.

 

Entendiendo una realidad


Los campesinos son los mejores entendedores del conflicto y una iniciativa pacifica que nace en su seno es un reflejo de abandono estatal, de respuesta ciudadana y de nuevos actores de paz.

Uno de los voceros de la Comisión Resistencia contra la Guerra, expuso en el Congreso Paz y País, una definición muy acertada sobre el fenómeno de la resistencia pacifica en Colombia. "La resistencia implica defender los derechos de los pueblos (a la vida y a la autonomía). La resistencia es colectiva y organizada, no violenta. Su objetivo es la reestructuración del tejido social a través del rescate y fortalecimiento de los valores y costumbres, mediante la reeducación de nuestra gente y la realización de prácticas diarias de no violencia, el apoyo a los procesos comunitarios y sociales, el respeto a la diversidad y a la cosmovisión de nuestro pueblo, porque o sobrevive la cultura o queda la barbarie. La resistencia se ejerce en contra del olvido del Estado y en contra de todos los proyectos y políticas que van en detrimento de la identidad y dignidad de los pueblos, ya sea de origen insurgente, estatal o paraestatal (...). Resistir es proponer. La resistencia es a la guerra, no a los guerreros".

En este contexto, es indispensable una mayor visibilidad y reconocimiento estatal y social. Resistir es sinónimo de paz, de ser un actor que propone salidas alternativas a la violencia que ha demostrado una y otra vez no ser una lucha de uniformados, sino una guerra que penetra todos los sectores y necesita por ello la reacción de la colectividad. El trabajo comunitario fortalece el tejido social y los derechos étnicos y territoriales debilitados a causa del desplazamiento forzado. Como proyecto social, son un avance educativo inmenso que permite que las nuevas generaciones de campesinos se empapen del valor de la oposición desarmada, el respeto a la diversidad, el valor de la tierra y el compromiso social. Además, su labor de denuncia de los crímenes y su coordinación pacifica se deben poner a rodar como bola de nieve y contagiar a todos los colombianos que buscan poder fin a la violencia.

Los micoahumadeños desminaron su carretera y abrieron una puerta al futuro pacifico, los antioqueños de Apartadó le dieron la espalda a todos los actores armados y viven de frente al sueño de permanecer en sus tierras. ¿Los demás ciudadanos qué están haciendo? Reinaldo Antonio Eraiza uno de los campesinos miembros de la CpSJ, recuerda a Luis Eduardo Guerra diciendo, “hoy podemos estar aquí conversando y mañana podemos estar muertos”.

 

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