

Octubre 2008
La capacidad de ser testigos de las tragedias ajenas y seguidores de guerras desde la sala de la casa, es otro de los aportes de la llamada modernidad. Las imágenes que acompañan lo que conocemos como noticias, tienen una dosis de realismo y de fuerza, que nos hace conscientes de los alcances de la violencia, pero a la vez nos arriesga a ser cómplices del sensacionalismo y el espectáculo.
De las diferentes formas de la imagen, la televisión, los videos, las películas; la fotografía es la más profunda. Aunque los sonidos son contundentes, las fotografías son imágenes que se quedan en la memoria, que se vuelven la marca de un acontecimiento. La guerra de Vietnam por ejemplo, es recordada por la imagen de Pham Thi Kim Phuc, corriendo desnuda junto otros niños, cuando su aldea fue bombardeada con Napalm. También hacen parte de la memoria histórica la imagen del coronel de Saigón, asesinando a quemarropa a un integrante del Vietcong o el soldado español, que en la guerra civil, muere por un impacto de bala en la cabeza, fotografiado por Robert Capa. Y más recientemente, por ejemplo, las imágenes de las torres del World Trade Center envueltas en humo, vienen a la mente de cualquiera, si se habla del 11 de septiembre del 2001.
Hay cientos de ejemplos más. Lo que Henri Cartier-Bresson llamó el momento decisivo, es el pilar de la fotografía de guerra. Es la capacidad de congelar un instante preciso, que pueda permanecer en la memoria y además ser traído al presente de manera voluntaria. En 1855, Roger Frenton se convirtió en el primer fotógrafo en enfrentarse a un conflicto bélico: la Guerra de Crimea. Las limitaciones de tiempo y luz y las condiciones complejas de revelado fueron un obstáculo y una ventaja para el gobierno inglés, que utilizó las fotografías benevolentes, para contrarrestar las crudas crónicas y las noticias sobre el sufrimiento de los soldados.
Por un tiempo se sostuvo la maniobra de los fotógrafos en las imágenes. La pareja que se besó en frente del Hotel de Ville en Paris, estaba posando voluntariamente para Robert Doisneau. Fue en la guerra de Vietnam, cuando se evidenció que imágenes de familias huyendo, aldeas destruidas y cadáveres de soldados no eran ficción, ni parte de una puesta en escena. Los avances de la tecnología permitían congelar instantes aún en movimiento, y las fotógrafos tenían la capacidad de ser reporteros de los conflictos en directo.
La destrucción causada por fenómenos naturales también debía entonces ser capturada por la lente. La ocurrencia de temblores, huracanes, tornados o fuertes tormentas no son una novedad. Aunque es cierto que las condiciones climáticas se han transformado, los cambios en el clima son tan antiguos como la misma existencia del planeta. El hecho de ser visibles para habitantes que estén a miles de kilómetros de distancia si es más reciente.
Las imágenes de la ciudad de Armero, completamente cubierta en fango dieron la vuelta a Colombia y al mundo. Omayra Sánchez y su agonía de tres días se convirtieron en un símbolo del desastre. En los libros escolares colombianos, la imagen de la niña de 13 años, atascada entre escombros, acompaña los textos sobre lo ocurrido en noviembre de 1985. El mundo vio a Omayra agonizar. Cámaras la acompañaron por más de cincuenta horas. La dimensión del desastre era evidente, así como la limitada capacidad de reacción de un estado poco modernizado, en donde los equipos requeridos estaban a días enteros del lugar, por carreteras obstruidas. El destino de Omayra fue desde un inicio, lamentablemente claro, de no ser liberada, moriría probablemente por gangrena, al estar la mitad de su cuerpo atrapado entre muros. ¿Era entonces necesario enfocarla con cámaras por las horas que durara su sufrimiento?
A aquella imagen se le suman las de la crudeza del conflicto armado. En Colombia, las noticias diarias vienen acompañadas de unas imágenes cada ves más impresionantes sobre los alcances de la guerra. El poder de la imagen entonces se debilita. Las imágenes impactan, sensibilizan, impresionan, incitan a hacer reflexiones, en fin, generan reacciones, ello, siempre y cuando guarden en cierta medida el respeto por aquellos que sufren ante los ojos de los demás. Las imágenes repletas de sangre que acompañan las noticias del país, sólo fomentan la indiferencia de los ciudadanos.
La guerra no puede ser tratada como una rutina. Es imposible olvidar el carácter humano de los enfrentamientos bélicos, así se hallan mantenido por años. Los bombardeos, los ataques a pueblos enteros, los secuestros, etcétera, tienen de común denominador el dolor de sus protagonistas, y es difícil pensar que se pueden convertir sólo en ilustraciones del periódico del desayuno, o del noticiario de la noche.
Susan Sontag escribió en el 2003 “Se puede sentir una obligación de mirar fotografías que registran grandes crueldades y crímenes. Se debería sentir la obligación de pensar en lo que obliga mirarlas, en la capacidad efectiva de asimilar lo que muestran. No todas las reacciones a estas imágenes están supervisadas por la razón y la conciencia. La mayor parte de las representaciones de cuerpos atormentados y mutilados incitan, en efecto, interés lascivo”.
Nuevos términos de guerra como las “casualidades” o “los efectos colaterales” son sólo una mala invención que ha servido de excusa para perpetuar los abusos del poder. Es absurdo pensar que el mundo ha sido cómplice de bombardeos injustificados y barbaridades en general. En el 2001, en los televisores de millones de habitantes se vio una serie de puntos de color fluorescente que caían. Lo que parecía un video juego, era la destrucción de una ciudad, que hoy todavía intenta levantarse.
Hace más de una década, en 1994, se juzgó al fotógrafo Kevin Carter por su indiferencia. El hecho de enfocar, obturar y dejar allí a la niña esquelética junto a un buitre en Sudán, lo condeno a la crítica y los reproches. ¿No es similar observar las fotografías con la misma distancia, y pasar la página o cambiar de canal?¿Por que ahora no parece ser una actitud criticable?
Las fotografías tienen la capacidad de movilizar tanto como las palabras. Una imagen puede producir efectos similares a los de ensayos sobre desigualdad, luchas de clases y otras injusticias. Las imágenes como las palabras son inmortales. En el arte por ejemplo, obras como las de Goya, del pueblo español oprimido por tropas francesas, se mantienen como un recuerdo vivo. Este año precisamente se cumplió el segundo bicentenario de aquel dos de mayo y la crudeza de sus gravados es observada aún con respeto, admiración e impresión.
¿Por qué imágenes más recientes no tienen el mismo efecto? En Colombia son muchas las imágenes de video y de fotografia que han pasado frente a los ojos de los ciudadanos en los últimos cuarenta años. Sin embargo, parece poca la reacción que han causado.
En el país, las imágenes del conflicto son una normalidad, una constante, protagonista diaria de los medios. Se les observa con superficialidad, que al final no es más que ignorancia. Una forma de no querer ver las acusaciones que ellas muestran. En las imágenes, los muertos hablan. Cara a cara frente a los espectadores denuncian la crueldad y protestan contra la indiferencia.
No puede haber lugar para la amnesia y la indiferencia. La insensibilidad de los espectadores no puede crecer al punto de convertir la realidad de compatriotas, en un espectáculo mediático. Las personas deben dejarse impactar. No se puede perder la capacidad de impresión. El sufrimiento a causa de la perversidad humana no puede ser digerido fácilmente, es más, merece ser entendido como un acto atroz y cruel, que difundido por medio de imágenes, lanza un grito de denuncia y auxilio a quien las está observando.
Dejarse tocar por una imagen, es decir, tener la capacidad de observar, de mirar bien una imagen que habla del sufrimiento ajeno, genera una acertada reflexión sobre el sentido de la paz. Por ello, las imágenes de las víctimas del conflicto armado colombiano tienen que perturbar. Tienen que generar reacciones, y alejar a la sociedad de la complicidad, la apatía y la indolencia. LA GUERRA NO PUEDE SEDUCIR.
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