Primero de noviembre de 2009, sonó un disparo y en el fondo la melodía New York, New York de Frank Sinatra. La tercera maratón más grande del mundo había comenzado. Más de 40.000 personas partieron de Staten Island para atravesar 42 kilómetros y llegar hasta el centro de Manhattan.
Entre ellos, Reynaldo Torres. Un colombiano de 27 años invidente que por primera vez se atrevió a andar tal distancia, la equivalente a correr Bogotá linealmente de oriente a occidente. Tres horas cincuenta y ocho minutos más tarde el ex soldado cruzó la meta, todavía apretando la cuerda que lo unía a su guía. Habían pasado solo dos horas desde que el norteamericano Meb Keflezighi, el campeón, rompiera la cinta.
En la recta final Torres sólo sentía felicidad. Había sacrificado tiempo con su familia y entrenado largas jornadas para llegar hasta ahí. Competir en la carrera, salir por primera vez del país y conocer el mar que rodea la Gran Manzana, fueron sueños hechos realidad.
Rey, como le dicen sus amigos mas cercanos, es tal vez uno de los deportistas más conocidos del Batallón de Sanidad del Ejército Nacional. Nació en el municipio de Nátaga en el Huila. En 1997 su familia se trasladó a Bogotá, donde empezó a prestar servicio militar y más tarde viajaría al Caquetá como un paso en su carrera profesional.
Estando allí, en junio de 2004, dos disparos y una mina antipersona provenientes del frente 14 de las FARC, la principal guerrilla colombiana, dejaron a Reynaldo invidente y lo convirtieron en el verdadero hombre de acero y de platino también, pues uno de sus brazos, que hoy tiene poca movilidad, tuvo que ser reconstruido con este material.
Desde entonces, su lado izquierdo esta marcado por las cicatrices de la guerra y tras unas gafas negras esconde sus ojos heridos. Hoy es un deportista de alto rendimiento, un estudiante consagrado y un padre de familia que se levanta en las noches a calmar el llanto de su pequeño.
Tuvo que someterse a dos años de terapia ortopédica y psicológica antes de convertirse en deportista. Allí, además de recobrar su movilidad conoció a Luz Oviedo, una de las fisioterapeutas practicantes y quien es hoy la madre se su hijo. Entre risas cuenta que se enamoraron, que desde hace dos años viven juntos y que hace año y medio nació Owen Josué. También dice que hoy todo lo hace por ellos y aunque el deporte y el estudio le quitan mucho tiempo, siempre que corre los piensa y eso le ayuda a aislar el cansancio.
Es estudiante de tercer semestre de derecho. Quiere especializarse en el área laboral militar o en internacional. La tecnología y los textos aptos a su discapacidad, lo inclinaron por esta carrera, pero confiesa que le hubiera gustado convertirse en médico y jugar billar como cuando era adolescente.
En el deporte aspira a llegar a los juegos Para Olímpicos de Londres en el 2012, por lo que entrena cuatro horas diarias con su lazarillo, el Cabo Aranda, en el Centro de Alto Rendimiento en Bogotá. Recientemente esta intentando convencer al Coronel Cardona, director de la Oficina de Atención al Herido, que lo lleve a hacer cumbre en la montaña.
Confiesa que más que haber conocido el mar, su mayor anhelo es conocer el hielo. Él sabe que puede, como ya lo han hecho otros cinco deportistas también discapacitados, ascender el cerro del Ritacuba Blanco, el más alto de la Sierra Nevada del Cocuy. Por eso, con la tranquilidad y seguridad que lo caracterizan, intenta persuadir al Coronel que entre bromas le recuerda el arduo entrenamiento que se requiere.
Pero el Coronel conoce las capacidades de Rey y por eso trabaja incansablemente en la búsqueda de patrocinios con la empresa privada, porque a su parecer “el ejército tiene plata para seguir con el conflicto armado interno (narcotráfico y terrorismo), pero para la rehabilitación integral no hay patrocinio; ni educación para decir que necesitamos más plata para esto, porque esto es la guerra”.
Reynaldo da una y mil vueltas a la pista y percibe la cámara y nuestra presencia. Al pasar pareciera que nos estuviera mirando. Cuando termina saca el agua de su morral, bebe un poco y empieza su estiramiento final. Mientras tanto, como disculpándose frente al lente, dice que no puede quedarse mucho más. Tiene afán, debe tomar un bus y llegar a casa para preparar un examen final.

